La revolución verde: el mayor éxito agronómico del siglo y su factura pendiente
Multiplicó los rendimientos y evitó hambrunas previstas; también agotó acuíferos y homogeneizó los cultivos
LA PREDICCIÓN QUE NO SE CUMPLIÓ
A mediados del siglo XX, numerosos análisis anticipaban hambrunas masivas inevitables: la población crecía más deprisa que la producción de alimentos y la superficie cultivable disponible era limitada.
Esa predicción falló, y falló por un margen enorme. La producción de cereales creció mucho más rápido que la población. La razón no fue cultivar más tierra sino obtener mucho más de la misma.
QUÉ HIZO POSIBLE EL SALTO
El elemento central fue el desarrollo de variedades de trigo y arroz de porte bajo.
Las variedades tradicionales, al recibir más fertilizante, crecían en altura y acababan volcándose antes de la cosecha, perdiendo el grano. Las variedades enanas destinaban esa energía a producir grano en lugar de tallo y resistían fertilización intensiva sin encamarse.
Ese rasgo genético desbloqueó la sinergia con los otros dos componentes: el fertilizante nitrogenado sintetizado mediante el proceso Haber-Bosch, que fija nitrógeno atmosférico, y el riego, que garantizaba el agua necesaria para aprovechar ambos.
Ninguno de los tres factores por separado habría producido el resultado. Fue la combinación la que multiplicó los rendimientos.
LOS COSTES QUE APARECIERON DESPUÉS
Tres consecuencias se manifestaron con retraso.
La primera es hídrica. La expansión del riego se apoyó en muchos lugares en la extracción de agua subterránea a tasas superiores a la recarga natural. Los acuíferos que sostienen regiones agrícolas enteras muestran descensos sostenidos de nivel, un problema cuya factura se paga cuando el pozo deja de dar agua.
La segunda es el nitrógeno. Una fracción sustancial del fertilizante aplicado no es absorbida por el cultivo y termina lixiviándose hacia aguas superficiales, donde provoca eutrofización, o volatilizándose como óxido nitroso, un gas de efecto invernadero de potencial muy elevado.
La tercera es la erosión de la diversidad genética. La sustitución de miles de variedades locales por unas pocas de alto rendimiento estrechó la base genética de los cultivos principales, aumentando la vulnerabilidad ante una plaga o patógeno nuevo.
LO QUE NO RESOLVIÓ
Un matiz importante: la revolución verde aumentó la disponibilidad global de calorías y no eliminó el hambre.
La razón es que el hambre contemporánea es mayoritariamente un problema de acceso, no de producción agregada. El mundo produce calorías suficientes; la desnutrición persiste donde las personas carecen de ingresos, de tierra o de infraestructura para acceder a ellas, o donde el conflicto interrumpe el suministro.
Producir más no resuelve por sí solo un problema de distribución.
LA SEGUNDA VUELTA
El desafío actual se formula de otro modo: aumentar la producción reduciendo simultáneamente el uso de agua, de nitrógeno y de superficie.
Las vías que se exploran incluyen la mejora de la eficiencia en el uso del nitrógeno mediante fertilización de precisión, la búsqueda de cultivos capaces de asociarse con bacterias fijadoras, la agricultura de conservación que reduce el laboreo y protege el suelo, y la recuperación de diversidad varietal como seguro frente a plagas.
Ninguna promete un salto comparable al de los años sesenta. La agronomía actual trabaja en ganancias incrementales sobre un sistema que ya funciona cerca de varios de sus límites.
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