Bombas de calor: la tecnología climática más eficaz es también la menos glamurosa
Mueven calor en lugar de crearlo, y esa distinción explica rendimientos que parecen violar la intuición
UN APARATO QUE PARECE HACER TRAMPA
Una caldera de gas de alta eficiencia convierte en calor útil algo más del noventa por ciento de la energía del combustible. Es un rendimiento excelente y, por conservación de la energía, no puede superar el cien por cien.
Una bomba de calor entrega habitualmente entre tres y cinco unidades de calor por cada unidad de electricidad consumida. Expresado como porcentaje serían cifras de entre trescientos y quinientos por ciento, lo que suena a imposibilidad física.
No lo es, porque la bomba no genera calor: lo traslada. La electricidad no se usa para calentar sino para accionar un ciclo termodinámico que extrae calor del exterior y lo vierte en el interior. Es el mismo principio de un frigorífico, aplicado en sentido inverso.
DE DÓNDE SALE EL CALOR CUANDO HACE FRÍO
La objeción intuitiva es evidente: si fuera hace cero grados, ¿de dónde se extrae calor? La respuesta está en la escala absoluta de temperatura. Cero grados Celsius son 273 kelvin, muy lejos del cero absoluto. Hay abundante energía térmica en ese aire; lo que hace falta es un fluido refrigerante que evapore a temperatura aún más baja para absorberla.
La eficiencia sí depende del salto térmico. Cuanto mayor es la diferencia entre el foco frío exterior y la temperatura de impulsión interior, más trabajo cuesta el bombeo. De ahí dos consecuencias prácticas: el rendimiento cae en los días más fríos, justo cuando más demanda hay, y conviene distribuir el calor a baja temperatura mediante suelo radiante o radiadores sobredimensionados, en lugar de a la temperatura alta que usan las instalaciones diseñadas para calderas.
EL VERDADERO OBSTÁCULO NO ES TÉCNICO
En climas fríos hay millones de bombas de calor funcionando de forma satisfactoria, lo que zanja la cuestión de la viabilidad. El obstáculo real es el conjunto de fricciones que rodean a la instalación.
La primera es el coste inicial. Aunque el coste de operación suele ser inferior, la inversión de partida es mayor que sustituir una caldera por otra, y la decisión se toma con frecuencia en una situación de avería, con urgencia y sin margen para comparar.
La segunda es la fiscalidad de la energía. En numerosos países la electricidad soporta una carga de impuestos y cargos regulatorios muy superior a la del gas. Esa diferencia puede anular la ventaja de eficiencia y convertir en más caro el sistema que consume tres veces menos energía primaria.
La tercera es la escasez de instaladores con formación específica. Una bomba de calor mal dimensionada o conectada a un sistema de distribución inadecuado rinde por debajo de sus posibilidades, y esa mala experiencia se propaga por el boca a boca.
POR QUÉ IMPORTA TANTO
La calefacción de edificios representa una fracción muy relevante del consumo energético en climas templados y fríos, y en la mayoría de los casos se cubre quemando combustible fósil directamente en el edificio.
Electrificar esa demanda tiene un efecto multiplicador: cada unidad de electricidad renovable desplaza tres o más unidades de gas. Ninguna otra intervención doméstica ofrece esa palanca.
Existe además una sinergia con la red. Un parque grande de bombas de calor, combinado con inercia térmica en el edificio, constituye una demanda flexible: puede adelantarse o retrasarse una o dos horas sin que el ocupante lo perciba. Esa flexibilidad es precisamente lo que un sistema con mucha renovable necesita.
Periódico Digital · https://periodico.dreamlabstech.co/clima-y-transicion-energetica/articulo_006.html