Demografía y economía: por qué el envejecimiento no es solo un problema de pensiones
La estructura de edades condiciona el crecimiento, los tipos de interés y hasta la capacidad de innovar
LA TRANSICIÓN QUE YA OCURRIÓ
La transición demográfica describe el paso de un régimen de alta natalidad y alta mortalidad a otro de baja natalidad y baja mortalidad. Prácticamente todos los países la han iniciado; muchos la han completado.
Su fase intermedia produce el llamado dividendo demográfico: durante unas décadas, la proporción de población en edad de trabajar respecto a la dependiente alcanza un máximo. Es un viento de cola para el crecimiento, y varias economías lo aprovecharon.
Ese dividendo no es permanente. Cuando las cohortes numerosas envejecen, la relación se invierte.
MÁS ALLÁ DE LAS PENSIONES
El debate público suele centrarse en la sostenibilidad de los sistemas de pensiones, que es un problema real pero no el único ni necesariamente el mayor.
Hay al menos tres canales adicionales.
El primero es el ahorro y los tipos de interés. Las personas tienden a ahorrar más en la etapa media de su vida laboral y a desahorrar en la jubilación. Una sociedad con muchas personas en edad de ahorrar genera abundancia de capital, lo que presiona los tipos a la baja. La composición por edades ayuda a explicar la tendencia descendente de los tipos reales durante décadas.
El segundo es la demanda de cuidados. El envejecimiento no solo aumenta el número de pensionistas: aumenta la demanda de servicios sanitarios y de cuidados de larga duración, sectores con baja capacidad de sustituir trabajo por capital y por tanto con productividad de crecimiento lento. Que una fracción creciente de la economía se concentre en actividades poco automatizables frena el crecimiento agregado.
El tercero es la innovación. La evidencia sugiere que la propensión a fundar empresas y a adoptar tecnologías nuevas es mayor en cohortes jóvenes. Una sociedad envejecida puede volverse más conservadora en sus decisiones de inversión.
LAS RESPUESTAS DISPONIBLES
Cuatro palancas se discuten habitualmente, y ninguna resuelve el problema por sí sola.
Elevar la edad de jubilación tiene efecto directo sobre la razón de dependencia, pero choca con la desigualdad en esperanza de vida y en capacidad física según ocupación.
Aumentar la participación laboral —especialmente femenina y de mayores— amplía la base sin necesidad de más nacimientos, y sigue teniendo recorrido en muchos países.
La inmigración modifica la pirámide de forma inmediata, aunque su efecto es transitorio si los inmigrantes adoptan las pautas de fecundidad del país receptor.
Las políticas de natalidad muestran efectos modestos y caros en la mayoría de las evaluaciones rigurosas, con un impacto mayor sobre el calendario de los nacimientos que sobre su número total.
LA VARIABLE DECISIVA
Si la población en edad de trabajar se reduce, mantener el nivel de vida exige que cada trabajador produzca más. La productividad pasa de ser una variable deseable a ser la única salida aritmética.
Esto sitúa la inversión en capital, en formación y en adopción tecnológica en el centro de cualquier respuesta seria al envejecimiento, muy por encima de los ajustes paramétricos de los sistemas de pensiones.
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